Pabellón de la Fuente de S. Luís, domingo 2 de julio
Queridos hermanos en el episcopado, Sacerdotes concelebrantes, Queridos voluntarios y voluntarias.
Hermanos todos en el Señor.
1. En primer lugar, quiero daros las gracias por vuestra ayuda desinteresada en la organización del Vº Encuentro Mundial de las Familias con el Papa.
Sin vuestra colaboración generosa sería imposible el feliz desarrollo de cada una de las actividades previstas.
No hay tareas más relevantes unas que otras. Cualquiera que sea la misión que se os ha asignado, es importante para la marcha del Encuentro.
Con la contribución de cada uno en la tarea que se le ha confiado, el conjunto del evento —estoy seguro— será un éxito.
Por tanto, ya desde este momento, quiero que sepáis que vuestro Arzobispo cuenta con cada uno de vosotros y que os da las gracias por la colaboración que vais a prestar, para que la verdad del matrimonio y de la familia llegue desde Valencia al mundo entero, proclamada por Benedicto XVI.
¡Bienvenidos al Vº Encuentro Mundial de las Familias!
Sois el mejor rostro de la sociedad: el rostro de la entrega, la imagen del servicio, la expresión de la solidaridad.
2. Acabamos de escuchar un precioso diálogo de Jesucristo con un joven. La mayor parte de vosotros sois jóvenes. La enseñanza del texto se aplica hoy de manera especial a vosotros. Y también va dirigida a los que, siendo menos jóvenes, conserváis el ardor de la juventud en vuestros corazones.
El joven del evangelio pregunta al Señor: Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna? (Mt 19, 16).
Esta pregunta puede traducirse por otras parecidas:
Maestro, ¿qué tengo que hacer para que mi vida tenga pleno sentido?, Maestro, ¿qué tengo que hacer para ser feliz?
El Señor responde al joven: ama a tu prójimo como a ti mismo (Mt 19,19).
Jesús propone al joven vivir amando al prójimo, gastar su vida en favor de los demás.
os jóvenes tenéis grandes ideales: la paz, la justicia para todos, la no discriminación por razón del sexo, de raza, religión o nacionalidad. Corregir los abusos de los poderosos sobre los pobres…
Conozco, también, vuestra generosidad, queridos voluntarios: os habéis ofrecido libremente para ayudar a los demás en este encuentro de las familias.
También vosotros, como el joven rico, podéis contestar un tanto presuntuosamente: Todo eso lo he cumplido. ¿Qué me falta? (Mt 19,20).
El Señor le responde: Si quieres llegar hasta el final, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres... y luego vente conmigo (Mt 19, 21).
No lo dudéis: El Señor tiene una vocación, un plan para la vida de cada uno de nosotros.
Él nos llama a seguirle por un camino determinado. Quiere que la vocación universal al amor la desarrollemos de manera concreta, singular para cada uno.
Para el joven del evangelio, Jesús había previsto una vocación magnífica: convertirse en discípulo, acompañarle en su peregrinar por las aldeas y ciudades, compartir su estilo de vida...
También para cada uno de nosotros el Señor ha previsto una vocación magnífica: os animo a descubrirla.
El Señor os puede pedir la entrega del corazón en la vida matrimonial para que construyáis una familia, eduquéis a vuestros hijos y seáis constructores de una sociedad libre, solidaria, responsable.
Y os puede pedir también que le sigáis de otro modo. Sí: os puede pedir la entrega generosa del corazón por la causa del Evangelio.
Así lo hizo con el joven del relato que hemos escuchado: Jesús lo llama a su seguimiento personal, pero antes tiene que renunciar a las ataduras de este mundo.
El joven es rico y no puede vivir el mandamiento del amor porque está atado por los bienes y las seducciones del mundo.
Él debe venderlo todo a fin de estar más libre para el seguimiento del Señor. Y a esto, el joven, no está dispuesto. Sus muchas posesiones son como cadenas que le impiden llegar a ser, quizás, un apóstol entre los doce.
Por eso, el joven se marcha triste.
Su tristeza es expresión de su amor a sí mismo y al mundo por encima del amor a Dios y a los demás.
Su respuesta anterior, “todo eso lo he cumplido”, se revela ahora como falsa. No es capaz de amar del todo y se marcha a su casa.
También vosotros, queridos jóvenes, podéis estar atados por bienes y seducciones de este mundo, que os impiden el seguimiento total de Jesucristo.
El mundo actual, con sus enormes atractivos y sensualidad, os tiende muchas veces trampas que os impiden amar con la radicalidad que pide el Señor.
Muchos compañeros y amigos vuestros están presos en las redes de la indiferencia religiosa, del consumismo, del hedonismo, del alcohol, de los desórdenes sexuales, de los paraísos artificiales de la droga; en definitiva, de los ídolos del mundo. Y no es fácil vivir en estos ambientes sin contagiarse de su influencia.
¡Entrad en vuestro interior! No escapéis a vuestro propio yo. Escuchad la llamada que el Señor os dirige en este Encuentro Mundial de las Familias. Reflexionad si estáis dispuestos a seguir al Señor, cualquiera que sea el designio que tiene para vosotros. ¡No os quedéis en la orilla! ¡Remad mar adentro!, como nos decía nuestro querido Papa Juan Pablo II.
Seguid a Jesucristo, como él os pide que le sigáis. Sólo ese seguimiento puede dar plenitud a vuestra vida.
Quizás me preguntéis con ánimo generoso: ¿cómo puedo seguir al Señor?
Intentaré responderos brevemente.
El seguimiento de Jesús consiste en luchar con alegría y paciencia para identificarse con Jesucristo, tener sus mismos sentimientos.
Para ello hemos de apreciar la oración, el diálogo íntimo con Jesús y, por medio de él, con el Padre. Abrid vuestro corazón a Dios. Dejaos sorprender por Cristo. Dadle el derecho a hablaros....
El seguimiento de Jesús os pide vivir en la Iglesia de Cristo, formar parte de su comunidad en la tierra y participar asiduamente en la Eucaristía dominical.
El seguimiento de Jesús os pide escuchar su llamada para ser testigos valientes del Evangelio en el mundo.
En resumen: conocer a Cristo, amarle y seguirle.
Para terminar, quisiera recordaros las palabras que el Papa Benedicto XVI os dirigió en la Jornada Mundial de la Juventud, el pasado verano en Colonia, en la que muchos de vosotros estuvisteis presentes:
“Queridos jóvenes, la felicidad que buscáis, la felicidad que tenéis derecho de saborear, tiene un nombre, un rostro: el de Jesús de Nazaret, oculto en la Eucaristía. Sólo él da plenitud de vida a la humanidad. Decid, con María, vuestro "sí" al Dios que quiere entregarse a vosotros.
Os repito hoy lo que dije al principio de mi pontificado: ‘Quien deja entrar a Cristo (en la propia vida) no pierde nada, nada, absolutamente nada de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren de par en par las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana.
Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera’.
Estad plenamente convencidos: Cristo no quita nada de lo que hay de hermoso y grande en vosotros, sino que lleva todo a la perfección para la gloria de Dios, la felicidad de los hombres y la salvación del mundo”.
Queridos voluntarios:
Os felicito ya por vuestra entrega generosa. Vamos a vivir días estupendos. Aprovechad bien esta experiencia. Tenemos la alegría y la responsabilidad de recibir al Papa y de servir a cientos de miles de peregrinos.
Sois la mayor alegría del Vº Encuentro Mundial de las Familias.
La prueba de que el Espíritu de Dios es joven y transforma el mundo. Que el Señor os bendiga.
Que la Virgen María, Madre de los Desamparados, os ayude en vuestra búsqueda de Cristo, su Hijo, y al fin de vuestra vida os muestre a Jesús, el fruto bendito de su vientre. Amen.
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